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El hombre del video

Este año fue uno de aquellos donde vives más que la suma total de toda tu vida. El más sorprendente para mi, hasta hoy. Aguardo días más serenos.

Comencé el año con tres grandes decepciones. La más significativa de todas: Que ignoren a los verdaderos cuadros del partido de gobierno, entre ellos a mi. Como decía Mulder, “PPK reina, pero no gobierna”. Fueron meses posteriores a la campaña presidencial dónde todos pugnaban internamente por su cuota de poder, yo lo evité. Pateé el tablero y, aunque muchos criticaron esta acción y creen que fui víctima de mis impulsos y la vehemencia, el tiempo me está dando la razón.

Si las autoridades más corruptas de este país niegan sus delitos y prefieren llamarlos errores ¿Por qué yo no? Me dije: Todos cometemos errores. Prefiero seguir en el anonimato y evitar que las ovejas me contagien su condicionada pasividad. Opté por la calma retornando a la universidad. Y ahora, aquella pasividad que tanto cuestioné, le pasa factura al gobierno de PPK quien deja que sus ministros sean pisoteados por el fujimorismo.

Concluí: Si tanta gente se ocupó en desestimarme fue por miedo ¿A qué? No tengo la respuesta. Estoy en mi derecho de imaginar lo que crea conveniente.  Mientras sea feliz, todo está bien.

Decidí retomar mis relaciones en Huaraz y evitar los viajes. Recibí varias invitaciones y el respaldo de gente para incursionar en política. El entusiasmo me cegó y evalué seriamente en dar el sí. Distintos “favoritos” a Huaraz e Independencia me abrieron los brazos. Pero, con el tiempo, nada de esto se concretó. También escuché a bribonzuelos y claro que les dije que NO.

Fue entonces que junto a John, un amigo a quién aprecio bastante, nos animamos a fundar una organización política provincial. Queríamos llamarlo “Ciudadanos”. Nos trazamos metas y en 4 meses tendríamos a la inscripción. Con el mismo entusiasmo realicé la proyección presupuestal y estaba fuera de nuestro alcance. Era imposible. Desistí.

No obstante, terco como la mula, proseguí. Algo debe haber para mí, me dije (cada vez que recuerdo mis malas y apresuradas decisiones río sólo). Aún mantenía relaciones con los hoy precandidatos a distintos cargos mediante elección popular para el 2018.

Uno de ellos me invitó a una reunión suspicaz y cerrada dentro de un estudio muy estrambótico ubicado en la Av. Gamarra. Acudí puntual a la cita y encontré a un círculo político con intenciones de presentarse a una importante provincia de Áncash.

Al principio todos guardamos silencio, como aquel momento incómodo dónde el profesor pregunta y uno no conoce la respuesta, aguardamos el arribo del invitado estelar de la noche. Llegó. Era un hombre extraño. De acento norteño y aspecto presumido. Desafiante. Rápidamente sacamos una laptop y recibimos su memoria USB cuyo único contenido era un video.

Al reproducir las imágenes pudimos ver a un alcalde en ejercicio, de la tienda verde amarilla, parado en su oficina y conversando a solas con una dama. Ella le pedía “apoyo” y él le ofrecía trabajo para su hija. “Esta vez sí lo hacemos. Eso te pasa por no hacer seguimiento”, dijo el burgomaestre. La mujer se le acercó, la autoridad lo abrazó de la cintura y empezaron a besarse. Se recostaron sobre el mueble y el video culminó.

El propietario del video pedía una suma impagable a cambio de entregar la cinta completa, y aunque al principio estaba a favor de su difusión, esto no tendría objeto. Quedé perturbado por la imagen moralista que vende este funcionario con intenciones de postular al Gobierno Regional de Áncash. Más aún, su prédica decorosa se derrumbó a raíz de su silencio ante el escándalo de uno de sus regidores quién hace poco le propinó tremenda golpiza a su conviviente.

El hombre del video exigió que evaluemos el precio y se retiró. “Nosotros no estamos para negociar, es o no es”, se pavoneó.

Aquella noche abrí los ojos. Descubrí el modo de operar de la política local con carencia de escrúpulos. Para incursionar en este mundo debes ser mafioso.  Tramposo. Infiel. Cobarde. Sobre todo, mentirle al pueblo. Pedir coimas y “cabecear” a tus leales. ¡Traicionar!

Zanjé mi futuro. No retornaré más a política y me dedicaré a ser feliz. Construiré algo propio recordando antiguos ideales.

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