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Estancados en el tiempo

Foto: Hernán Cruz - Parca Producciones

Cincel de palabras

Estancados en el tiempo

Parece que la historia se repite todos los años. Son los detalles los que cambian, pero su esencia permanece inmutable.

La cumbia retumba el aire y, desde la oscura y casi cavernaria catedral, parece escucharse un eco grave, vibrante. Las paredes de adobe, tarrajeadas con yeso que la amurallan, reciben a lo largo de la noche la visita de distintos borrachos. Un hombre joven, de piel oscura y mirada taciturna camina, tambaleándose, hacia los muros. Al llegar, se apoya sobre su brazo derecho —evitando que su frente toque la pared— y se dispone a orinar.

Un sereno, envuelto en una chalina que casi cubre su rostro, lanza un pitazo inaudible, casi ridículo, que es tragado por el ruido que producen los bajos chirriantes de donde el ruido hace explotar la música. «¡No se puede miccionar ahí!», exclama. Pero el borracho —esquivando el río orina que parece haber bifurcado sobre la tierra— camina ignorándolo y regresa con su grupo de amigos.

La Plaza de Armas —y sus alrededores— está repleta de grupos de jóvenes que calientan sus cuerpos y gargantas bebiendo cerveza o botellas de pisco, ambulantes que venden paquetes de cigarros, agitan cajetillas de chicles y «tres botellas de vino por veinte soles, lleve, lleve, aproveche la oferta». Mientras de diversas carretillas de comida al paso ofrecen anticuchos humeantes, algodón de azúcar y botellas de caliche; y, los perros callejeros, de andar asolapado, mueven sus hocicos en el aire buscando el rastro de alguna sobra.

*

En el cruce de la avenida Luzuriaga con jirón Sucre una señora de casaca negra y cabello ensortijado coge de la mano a una niña que lleva puesta un gorro rojo, de ojos negros como canicas y mejillas coloradas. Mira hacia la derecha e izquierda y habla con un joven teniente. «Era un flaco, casi un enclenque, de polera ploma y gorra», dice la mujer con ojos asustados. El teniente la escucha con atención, mientras le pasa la radio que lleva en la mano al alférez que lo acompaña. «Me quitó rápido mi monedero y se fue corriendo, con dirección al mercado», dijo con una voz nerviosa, «¿podrán al menos compensarme?»

El teniente —acomodándose el uniforme— responde, «ya dispusimos una unidad que está patrullando por esa zona, señora». Se acerca y, abriéndose paso entre la gente sugiere: «Venga conmigo a la comisaria para formalizar la denuncia. Por acá, sígame, sígame». La mujer parece gruñir y carga a la niña en sus brazos, y su gorro parece una estrella roja que sobrevuela las cabezas de la muchedumbre.

La noche avanza rápido. Hay personas que caminan con dirección hacia las avenidas Gamarra y San Martín, para buscar un taxi y volver a sus casas tras perder la batalla contra el frío o dirigirse a alguna discoteca en busca de una aventura. La música retumba la plaza y las personas están más coloradas y con los ojos vidriosos: ellos cantan, bailan, escupen, brindan y fuman sobre sus lugares. Invaden la plaza, pisan las flores, riegan los árboles con sus orines; y, las bocas de los basureros parecen vomitar todos los desperdicios de la noche, que ya comienzan a desperdigarse por los suelos por las frías corrientes de viento.

*

A pocos metros un grupo de jóvenes —donde destaca un hombre bajito, casi un enano— se pasan un pequeño vaso de plástico y cada vez que lo reciben, casi como impulso inconsciente, se limpian los labios con las mangas y botan los conchos del trago al suelo. Todos quieren estar cerca del escenario, y comienzan a juntarse, y el contacto entre espaldas es inevitable.

El enano dice «¡salud, carajo!», y unas gotas de trago salpican las zapatillas claras de un adolescente que también celebra con su grupo. Este, desfigurado por su embriaguez, no dudó un segundo. «¡Qué pasa, conchetumare!», vocifera y lo empuja. Ambos se cuadran cubriéndose el rostro —y antes que ellos esquivaran sus primeros puñetes y patadas— ya sus amigos comenzaron a insultarse, a golpearse, a tirarse botellas, a quitarse las correas. La gente, entre sorprendida y acostumbrada, se aleja hasta que aparecieron un par de serenos junto con un policía. Los separaron entre pitazos y batiendo sus bastones en el aire. «¡A la cárcel, jefe!», gritaban los testigos. «¡Que se larguen esas mierdas!»

Cuando se fueron, todos siguieron festejando, como si nada hubiese ocurrido, soportando el frío que cementa los pies y congela las manos. Los grupos musicales cumplen las horas de su contrato y el sonido desaparece. Se despiden y bajan del escenario. Se escuchan gritos que parecen tejerse entre sí, «¡otra, pues, otra!», discusiones, risas, botellas que se rompen.

No importa si el concierto ha terminado.

No importa saber qué día fue ayer, qué día es hoy, qué día será mañana.

Nada importa en un estado de inconciencia.

*

La celebración acaba cuando las luces del alba aclararan las calles de la ciudad. A primera hora parece un campo de batalla: se ven perros callejeros olfateando las basuras, lamiendo el aderezo restante de los platos de tecnopor que están desparramados por el suelo, triturando huesos, ladrando de hambre, volteando los tachos de basura más cercanos, peleándose por un bocado.

Ahuyentándolos una trabajadora municipal, de baja estatura y ojos negros, camina por el suelo pegajoso. Lleva una mascarilla que cubre su nariz y boca —y mientras barre con una escoba de paja anudada con alambres las inmundicias que ha dejado la celebración en la plaza— sus ojos parecen tiritar de asco.

Una mezcla hedionda de basura, trago, sangre y vómito se expande por toda la plaza, contaminando el aire, haciéndolo irrespirable. El sol despunta temprano y sus primeros rayos reptan por el suelo, secando los charcos en el piso, dibujando las primeras sombras en el suelo, mientras que las moscas comienzan a volar por los cielos y algunos borrachos caminan por las calles como muertos vivientes dirigiéndose a un misterioso destino.

La vida en Huaraz continua como si nada hubiese sucedido.

*

¿En qué se ha convertido el aniversario de la ciudad? Parece ser una fecha ideal para escuchar el discurso demagógico de las autoridades. Pero, ¿qué se está haciendo por la ciudad, por el desarrollo urbano, por la evolución social de la ciudadanía? ¿Bastan los hermosos paisajes, los cielos despejados o la gastronomía típica para enorgullecerse y contentarse?

Cada año parece celebrarse el aniversario de una ciudad que cada vez está más sucia y menos agradable, más desordenada y menos transitable, más insegura y menos importante. No es difícil darse cuenta de que Huaraz parece una ciudad que divaga como un fantasma por el tiempo: «Tal vez por la incompetencia o la ignorancia de sus gobernantes», se opinaría con justicia. Pero ese es un juicio populista e irresponsable que se debe replantear, pues siempre la responsabilidad más grande es de quien decide. En octubre se realizarán las elecciones municipales y es necesario cuestionarse cómo utilizamos la libertad que propicia la democracia para escoger a quiénes serán los próximos gobernantes.

Y es mejor reflexionar con tiempo: para observar, para opinar, para debatir, para pensar con claridad y se pueda decidir con sensatez y no por descarte ni facilismo. Rescatar la ciudad de la sombra de la mediocridad que la traga y acecha depende —y aquí la gran paradoja— de la decisión consciente del ciudadano. Renovemos nuestra mirada, reanimemos nuestros sentidos.

Dejemos que nuestra conciencia encienda nuestro inconformismo, y así podamos iluminar —aunque sea leve como el candor de una vela— la oscuridad que perpetra la ignorancia y la pantomima política, que amenaza con eclipsar nuestra libertad —y derecho— de vivir de manera digna.

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