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La tartaleta agria de los electores

Foto: Ancash Noticias

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La tartaleta agria de los electores

A pesar de tanta información, una vez más preferimos al mal menor.

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Uno disfruta de su año sabático con algunas columnas en el papel, y a la vuelta nos topamos con un zafarrancho de combate. Con nuevos congresistas con y sin denuncias. Escándalos con sabores ácidos a la “cúpula partidaria”,del pastel de sus autoridades, y con la bronca de las revocatorias a los alcaldes, vaya.

Es que este país y más aún nuestra región registra el mayor índice de conflictos sociales, es como para no aburrirse nunca, porque la paz acá no habita. La paz, como decía Les Luthiers, solo está en Bolivia o como decía Bob Marley: la paz no se habla ni canta, se fuma. En fin, aquí estamos de nuevo, saltando sobre la coyuntura, cabalgándola otra vez.

A mérito de los electores de hoy, hemos demostrado que somos como el “Asno de Buridán”, aquel burro que por tener dos pilas de alimento igualmente grandes, las dos a la misma distancia, no podía decidirse por ninguna y terminaba muriendo de hambre. Y es así, ya que en nuestra época está llena de paradojas. Se supone, en teoría, que cuanto mejor informados estemos, mejores  decisiones podremos tomar. Cuanto más sepamos sobre las ventajas y las desventajas de cada opción, mejor podremos elegir, pero siempre elegimos al conocido mal menor quien resulta siendo el peor.

¿Cómo llegamos a ello si en nuestra época la información abunda, si se producen y se transmiten millones de datos a cada segundo? ¿cómo es que cada vez nos resulta más difícil decidir? La neurociencia y la biología nos dan una primera respuesta. Puede ser que, en realidad, los seres humanos no estemos preparados para procesar tanta información. Un ejemplo, el hombre primitivo, para sobrevivir, tenía que resolver decisiones muy simples y de una forma muy rápida. Si se acercaba un depredador, podía correr o hacerle frente: lo único que no podía hacer era dudar.

La tecnología evolucionó, pero la mente humana sigue prefiriendo las decisiones simples. No estamos  hechos para el volumen inmenso de información al que estamos expuestos cotidianamente. Y llegado un punto, cuanta más información tenemos, más difícil se nos hace decidir y ello lo saben bien los electores indecisos quienes al final les toca dibujar una tertulia de insinuaciones soeces, pícaras, anómalas – y hasta extraterrestres – dando a conocer su conformidad, un modo de protesta, sin ser conscientes que se juega la elección de los nuevos padres – al ser inclusivo también tendría que decir ¿las madres? – de la patria.

Lo que sí sabemos bien es que la información es como el dinero: siempre se puede tener más. Cuanto más pasemos investigando, más se dilatará nuestra decisión, y corremos el riesgo de llegar demasiado tarde. El hierro hay que golpearlo mientras está al rojo vivo. Solo esperemos no arrepentirnos por nuestras últimas indecisiones; pero como siempre diremos “que robe pero que deje obras”, pues nuestra sociedad quiere líderes que sean decididos a la hora de ocupar un cargo público, que tengan opiniones propias y no dependan de los sondeos, asesores, lamezuelas o monaguillos para producir sus decisiones.

A partir de ahora, como ciudadanos nos toca a aprender a conocer a todas las personas que ocuparán un cargo público, antes de elegirlos, y seleccionar a los mejores o “menos peor” – dejo andino – esto significa que las decisiones no deban tomarse a la ligera.  Por mucha información que tengamos, nunca podremos dar con la decisión perfecta y el tiempo nos da la razón – con Waldo, El Chef, Gamarra y toda la compañía.

La intuición, a veces denostada, no es el opuesto de la racionalidad, sino un mecanismo que nos permite analizar una coyuntura según todas las experiencias archivadas en nuestra memoria. Las recetas matemáticas para ganar un buen candidato en elecciones, por ahora, no existen porque siempre llevaremos nuestra tartaleta agria al momento de elegirlos.

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